(Edit. Círculo de Lectores Bogotá l.976)

"Tus cuentos Flor amiga, señora, me llevaron de la mano a la forma de leer escribiendo que es la confesión más flagrante del interés a la manera más natural de leer en espejo y por fábula."

"En esos cuentos que te contó tu mamá señora y que a tu vez cuentas ahora, escribiéndolos, yo entreví la felicidad y la desdicha a un tiempo de nuestra faena de escritores.

Tu has sabido lograr la primera, incorporando a tus relatos la sustancia de la palabra-alma : esa palabra que tanto en la cosmogonía de tus chibchas como en la de mis guaraníes, significa el fundamento del lenguaje humano"

(Augusto Roa Bastos)

La Hormiguita-mata

rutaHabía en tierras de los antepasados, una hormiguita que vivía entre los troncos podridos y miraba todos los días para arriba el mundo agigantado, suspirando por ser grande.

Era tan pequeña, tan pequeña, que se puso a llorar desconsolada y le pidió a su mamá:

- Quiero ser grande; quiero crecer; quiero levantar aunque sea una pulgada del suelo para no tener que dar más volantines por este mundo, arrastrando siempre a ras del suelo mi carga de hojas, de pétalos de flores, de pedazos de carne. No me gusta respirar todo el día el polvo que alborotan los pies de los grandes.

Por las noches, se hincaba de rodillas implorando:

- He de ser grande; así será, así tiene que ser.

La madre la consolaba:

-No hay que perder las esperanzas. Quizá un día crezcas y te eleves por los aires y sobresalgas más que todos y dejes de confundirte con la hojarasca que pisotean las bestias de la selva.

Acertó a pasar por allí una libélula con aires de superioridad, moviendo ágilmente sus alas de seda, pretenciosa con su poder de sobrevolar montes, de remontarse husmeándolo todo, enterándose de los secretos de la jungla.

Segura, revoloteaba, hacía cabriolas, planeaba, jugueteaba libremente.

-Yo conozco el remedio milagroso -le dijo al oído a la hormiguita en una de las caídas en picada casi hasta el suelo. Crecerás, pero perderás tu libertad.

- ¿Como así?- interrogó la hormiguita.

- Se donde está la fruta milagrosa, que te hará llegar hasta arriba, te remontará en el espacio, pero tendrás todo eso a cambio de tu libertad. Porque tendrás que vivir fija.

-Los gigantes no mueren- le respondió. Una vez que llegue hasta arriba, nadie me podrá detener.

La libélula le volvió a explicar:

-Es una pepa engrandecedora, del siglo de los milagros, que te pondrá a mirar desde arriba, pero te atará. Te repito que todo será a cambio de tu libertad.

Y en un revoloteo, le mostró el bejuco del gigantismo.

La hormiguita había nacido, en el mundo de proporciones desproporcionadas, el mundo amazónico de sus antepasados. Estaba cansada de ver a los cocodrilos haciendo siestas eternas a orillas del río monstruo, en las tardes húmedas y calurosas. Los fiscalizaba de noche, reteniendo los ojos de brasa de los saurios.

Había dilapidado varios días recorriendo una corola de Victoria Regia y agonizó de cansancio midiendo a zancadas las hojas de la flor gigante. Había cristalizado muchas fatigas trepándose a las copas de los árboles empinados, apiñuscados, celosos guardianes para no dejar pasar ni un rayo de sol por entre el follaje.

Meditó largo para componer un no rotundo a los embelecos de la libélula

- Recuerdo haberle oído decir a la reina del hormiguero, que esa es la fruta malvada, del bejuco de agua que da tanta felicidad después de la florescencia, pero que trae tantas desgracias. No estoy bien segura si fueron mis primos, los cucarrones de alas nacaradas, quienes resultaron convertidos en animales de museo, por haber comido pepitas del bejuco del gigantismo.

- Pero crecerás -insistió la libélula.

- Y miraré a todos por encima.

- ¡Naturalmente!

Y la hormiguita-mata, inocente, sucumbió al embeleco. Comió las pepitas del bejuco de corazón de agua, cuyas semillas permanecieron por días y días en la barriga de la hormiga diminuta.

Ensayó digerirlas, bebiendo el jugo de algunas frutas; chupó la linfa de las flores silvestres; escapó de las flores carnívoras que por poco la atrapan en la búsqueda del licor que le sirviera de laxante, para expulsar las malditas semillas.

Pero nada. Las pepitas se quedaron ahí ancladas dentro de su cuerpo, amañadas, como si fuera suelo propicio.

Las sentía como piedritas, que poco a poco le inflaron la barriga y empezaron a gestarse entre su cuerpo. Parecía que sus entrañas eran su ambiente.

Comenzaron a brotar raíces blancas entre sus propios intestinos y las puntas de las hojas tiernas se abrieron paso a lancetazos en su interior, hasta que perforaron las membranas y afloraron a la luz.

En la agonía lenta, la hormiguita se fue sintiendo transportada a otro reino: al vegetal.

Vagó noches y días como animal-planta, hasta que una noche cayó rendida, sobre su tronco.

En los mareos de la transformación, se alcanzó a ver colgando de un árbol gigantesco, mecida por el viento, convertida en festón, mirando todo desde arriba, pero sin poderse mudar.

El bejuco de la continuidad de su naturaleza, la había hecho crecer era verdad, pero también era cierto que la había dejado fija, anclada, con su libertad recortada.