(Edit. Testimonio, Madrid l.986)

"Este libro está lleno de vida. De existencia palpitante, de esa gratificante embriaguez que hace buscar a los dioses para entender el prodigio. Lo demás será el mido y el dolor, el más allá de los sueños, la misteriosa muerte y su después, que aquí se llama Tiempoadentro"

"Flor Romero ha alborotado los espíritus y también ha removido el lenguaje. Agradezcámosle la mano que escribe, esa mano privilegiada que sabe acariciar hombres y bestias y recordarlos y enaltecerlos con la magia realísima, subyugante de la palabra".

José García Nieto (De la Real Academia y Premio Cervantes).

 

(fragmento cuento)

Caribe el sombrero parlanchín

los tiempos del deslumbramiento

“Finalmente, dize el Almirante que

no puede creer que hombre aya visto

gente de tan buenos coracones

y francos para dar y tan temerosos que

ellos se deshazlan por dar a los xpistia/nos quanto tenajn...”

Libro de la Primera Navegación de

Cristóbal Colón

(Fray Bartolomé de las Casas)

El Cacique Caribe decía que el alma salía a la Sierra Nevada y a los pájaros de Mariquita a descansar de los trabajos de esta vida y por eso se mantenía pura, dialogando con las estrellas.

Y resolvió que su pueblo llevará en la cabeza el recuerdo de esos pájaros a donde el espíritu se iba a estirar tranquilo, para tomar nuevas fuerzas.

El jefe Caribe dio el ejemplo. Apareció con un gorro alto, en forma de cono, ribeteado con un fleco de fibra, que todos asociaron: El cucurucho de la Sierra, la cúpula en donde el alma se iba a descansar y las mechas que le cubrían la frente eran las laderas, donde moraban.

El sombrero picudo se convirtió en emblema, y la tribu lo adoptó enseguida. Lo usaron orfebres. Mientras   fundían en tumbaga las pavas de monte, los pajuiles copetones, los carraqueros, los garrapateaderos, para las cabezas de los alfileres que sujetaban las mantas y los cabellos negros de las mujeres.

Antes de embadurnarse el cuerpo con achiote y carbón el Caribe mayor colgaba su sombrero en el garabato pendiente del estantillo. Y era como sí se sacara el a alma de encima, y sólo se fueran a guerrear los instintos, a bregar por partirle el corazón al enemigo  y a desflecarle la carne a dentelladas.

Seguía la pista del adversario con la mirada fija en los troncos de los árboles. No se le escapaba el movimiento de una hoja y con oído atento distinguía fácilmente entre el ruido de las frutas perforando la hojarasca, el traqueteo de una chamiza, la pisada sigilosa de un pájaro, el desplazarse de un zorro o el salto ágil del enemigo intentando sorprenderle el pecho desnudo para robarle la nariguera dorada.

Estaba entretenido descifrando el código de los ruidos y de los vientos, cuando vio remolinear en el aire su sombrero, el cucurucho con barbas en forma de gavilán, llevando en el pico un pichón. Los ojos le dieron vueltas y comprendió todo, No podía continuar a la caza de sus propios hermanos del otro lado del río, porque si seguían despedazándose, serían menos el día en que llegaran los forasteros y los alzaran por los aires, atenazados por el pico. Ya es hora de que vivamos en paz, y ahorremos esfuerzos para defendernos mañana-se repetía.

Saltando ágilmente hacia atrás, sin dejar de mirar al frente, llegó a la choza y le dijo a su amada:

 -Pellízcame a ver si estoy despierto.

-Tienes algo, Caribe?

-Ahora no se si estoy vivo o muerto

-¿Por qué tienes los ojos tan redondos?

-La verdad es que no sé si estoy soñando o viviendo el remolino de mi sombrero

-¿El sombrero? -dijo y volteó a mirar la horqueta en donde lo colgaba, pero allí sólo estaba el gavilán pollero, mirándolo de reojo. Ya se había comido al pichón y con el buche abultado, distraídamente se limpiaba las plumas del pescuezo.