(Coedit. Arte y Literatura de Cuba y UNEDA.)

siboneyLa obra consta de 20 cuentos de la región caribeña, escritos por Flor Romero en París, Cuba y Colombia. Están  basados en la mitología caribeña,  territorio mágico, lleno de leyendas coloridas, que sorprende la mente más afiebrada.

La escritora colombiana ha recreado personajes míticos e historias que forman parte de la identidad de los pueblos caribeños, llenas de magia y fantasía, unas a partir de hechos y personajes reales, fundadores de  la nacionalidad de estos pueblos de la cuenca del Caribe, y otros, cuentos fantásticos que pertenecen al imaginario popular.

El libro es coeditado por Arte & Literatura de Cuba y UNEDA, Unión de Escritores de América, con ilustraciones de Dyango Chávez Cutiño. Es una contribución al rescate de la identidad de los pueblos americanos.

De sus cuentos dice el escritor Augusto Roa Bastos: Tus cuentos, Flor  amiga, señora, me llevaron de la mano a la forma de leer escribiendo que es la confesión más flagrante de leer en espejo y por fábula.

 

(Fragmento cuento)

 

El despertar de los gigantes

Benito Bogotá suspiró nostálgico mirando la bruma cobijar la laguna y creyó divisar espectros gigantes. Estaba seguro de que se escondían tras los sauces llorones, las crestas de las montañas azuladas y en las cañadas.

Su padre se lo había repetido varias noches de vientos susurrantes: No hay que despertarlos. Están dormidos. Por eso no se decidía a sembrar sobre el montículo de tierra cubierto por la gramilla aterciopelada. Por eso no osaba saltar con el azadón sobre la falda negrusca que podría ser propicia para el cultivo del maíz, las habas y la arveja.

Nueva gigantes habían sido enterrados en ese Valle de Siatá, vecino del Boquerón del Frutillo, en donde aún permanecía lívida, incólume, la mesa de piedra, frente al sol de oro, sobre la cual hacía sacrificios los Muiscas.

Benito tembló de angustia, cuando vio a su mujer Cruz Helena inclinarse sobre la tierra y clavar la pica con toda la fuerza de sus veinte años.

-          No los atormentes. Les podría dar un fuerte dolor de cabeza.

-          ¿A quienes?

-          ¿A quienes puede ser? Pues a los gigantes. ¿No ve que por ahí reposan?

-          ¿Todavía cree en eso? Pareciera que aun no ha cambiado de dientes.

-          ¿Cómo se le ocurre que no crea, si mi papá los ha escuchado revolcarse en noches de borrasca?

Cruz Helena quedó petrificada. No se atrevió a seguir la tarea que le había encomendado la madre. Fue tanta la convicción que transmitieron las palabras de Benito, que se fue derecho al rancho a reanimarse con una tazona de café caliente, después de echarse la bendición y besarse el dedo pulgar.

Benito había crecido mirando las tumbas bien diseñadas. En sus ojos estaban esculpidas. Sabía de memoria que ese Valle era  de Los Gigantes. Estaban separadas por cañadas que escurrían aguas frías y cristalinas nacidas en lo alto de la montaña.