2003lunas3Pachacútec el Rey Sol, Volumen 3 de la antología del cuento mítico americano  Dos Mil Tres Lunas de Flor Romero contiene relatos sobre mitos, ritos y leyendas de América, que trasiegan los territorios de Brasil, Perú, Colombia, Cuba, Uruguay, Paraguay, México y Chile.  Son historias con la magia y encanto del continente americano que nos llevan a sumergirnos en mundos fantásticos, cosmogonías, personajes, creencias de los antepasados: Los dolores de Pipatón, El Bari del amor, Historias de Manoa, Así amaneció en Siboney, La Exchtabail del nopal, Caá o la yerba Mate, Ejecátl el viento que habló, Llovía y llovía en Araucanía, El Amor de Susaeta, El Águila y la Boa. Relatos alucinantes que nos adentran  en los viejos tiempos primigenios que son el fundamento de nuestra identidad. La antología tendrá 15 volúmenes (Edit.UNEDA).

 

(Fragmento cuento)

 

Cuando la Tapira perdió su mando

 

Hay caimitos, guanábanas anones

en árboles mayores que manzanos;

 hay olorosos hobos que en faiciones

y paresceres son mirabolanos;

hay guayabas, papayas y mamones,

 piñas que hinchen bien y entrambas

manos,

con olor más suave que de nardos,

y el nacimiento dellas es en cardos.

JUAN DE CASTELLANOS (III, 22).

La tapira era la reina de los animales en tierras desanas. Sus dominios iban desde las cumbres de las montañas hasta la última arena mojada en la playa. Había desarrollado un bramido tan brutal que estrangulaba vientos y ahuyentaba nieblas poniendo a temblar las hojas de los árboles.

Su morada estaba cercada de frutales deliciosos. Había caimos, plátanos, guamos, mangos, cachipa­yes, granadillos, piñales, aguacates, guanábanos, papayos, guayabos y pomarrosos. Bejucos con culupas, curubas y uvas caimaronas.

Cuidaba día y noche esos árboles preciosos y hasta se decía que dormía con un ojo abierto para que sus enemigos no le robaran el tesoro. Velaba sus sueños acompañada del croar de las ranas que eran la voz del alma.

Cuando el tigre rugía, no se estremecía el aire. Era el retumbar del pito tapirano que arrugaba corazones. Los animales corrían como locos a esconderse, trepando palmeras, bajo las lajas, en hoyos perforados por osos hormigueros, en canutillos de guadua, entre empalizadas, y hasta las víboras que se las daban de bravas se metían entre la hojarasca para taparse los oídos y no morir del susto.

Se hacía llevar el agua en hojas entorchadas para evitar alejarse hasta la quebrada, temerosa de que sus súbditos le birlaran los frutos codiciados.

Hasta que un día la ardilla, derrochando simpatía, haciendo remolinos con las pupilas brillantes, batiendo cola y dando brincos aquí y allá, le propuso:

–Señora tapira, vengo a convidarla a bañarse con nosotras. Así se refresca un poco.