Libro para bibliófilos con cuentos míticos americanos (editados por Editorial Testimonio e ilustrados por Cesar Olmos).

Prólogo

Es como asomarse a algo vecinal y perdido. O a algo ganado, que se ha hundido en el mejor de nuestros sueños, en la primera mañana del mundo. Esto es para nosotros el sonido de América, la música y el sopor de su lengua. Flor Romero es dulce y tremenda como un dios. Y nos trae en estas prosas —iba a escribir "en estos versos"— la palabra primera de aquella mañana del mundo, que parecía sonar por vez primera también en los oídos de aquellos "hombres con seis patas —aquellos hombres éramos nosotros—, corriendo a velocidades impresionantes, para partirse luego en dos, y caminar cada uno aparte sin que les doliera la quebradura". A esa ventana, que parece que da a nuestro ámbito, nos asoma esta mujer de Colombia, que se sabe nacida donde mejor se articula, se pronuncia, se ordena y se aroma el castellano.

Y así parece que el sabor de su lenguaje nos penetra como algo nuestro, enriquecido sin daño, "partido por gala en dos", como nosotros —dioses, y los dioses eran ellos— nos separábamos del caballo sin que nos doliera la quebradura. Como nos ocurre ahora, que la quebradura de América es una separación de amor, que no duele y nos enriquece. Bien sabe de esto la escritora que va a seguir a esta página, con su modo sabroso de creación literaria, y de recreación humana, porque nos transporta a una hermosa y primitiva humanidad, que era hermana nuestra y no lo sabíamos, que nos iba a completar y a bautizar también, que no eran ellos solos los bautizados. Y en el bautismo están los nombres, y los nombres son el lenguaje, y el lenguaje es el arma penetrante y penetrada, la música que taladra y acompaña, "la algarabía que perforó muchos silencios dormidos aún en los picachos de los Andes".

Y puede parecer que oímos a Fernández de Oviedo o a César Vallejo. O a Flor Romero, que no inventan nada —parece que no inventan— y están recogiendo sustancia y misterio americanos, que están arrancando a dentelladas, de la roca poderosa del lenguaje —del fuego de los dioses— esos vocablos que se nos aparecen de pronto como cristalizaciones que madrugan al conjuro del amanecer.

Pero en Flor Romero hay algo más. Y de esto ya es dueña absoluta: el orden y concierto de estas piedras duras —con voz de los coleccionistas de minerales— que ella somete a sintaxis deslumbradora, sumida como está en la "palabra en el tiempo", que dijo Antonio Machado, y ese tiempo es el del deslumbramiento. Y la autora nos conduce por estos relatos  —también iba a escribir ahora “por estos poemas”- con un gran sentido de lo que es ese binomio Magia-Realidad, y todo acontece en estas páginas con esa potencia del verbo creador, ceñido a leyenda y tradición, que han sido las principales fuerzas que han llevado a los escritores iberoamericanos a su orto de aceptación. Porque en ese descubrimiento de las raíces está su éxito y su vigencia. También el relieve de lo viviente. Y entre la muerte y la vida, es ésta la que prevalece, y esa vida es la herencia, y la memoria, y la humana estatura. En Huitaca leemos: "Andaban navegando a toda hora en las balsas del contento, como si nada fuera más importante sobre la tierra que vivir...". Este libro está lleno de vida, de existencia palpitante, de esa gratificante embriaguez que hace buscar a los dioses para entender el prodigio. Lo demás será el miedo y el dolor, el más allá de los sueños, la también misteriosa muerte y su después, que aquí se llama Tiempoadentro.

Flor Romero ha alborotado los espíritus y también ha removido el lenguaje. Agradezcámosle la mano que escribe, esa mano privilegiada que sabe acariciar hombres y bestias, y recordarlos y enaltecerlos con la magia realísima, subyugante, de la palabra.

 

(Prólogo del Escritor José Garcia Nieto. De la Real Academia Española)