(Todo sobre el café en Colombia y en el Mundo)

doradoEscribir sobre café en Colombia es recordar nuestra historia, evocar la bebida milagrosa que nos ha ayudado a vivir. Es gozar pensando en los colombianos que esparcen la bebida tonificante por el mundo. Es hacer volar la imaginación montada en el aroma de una infusión que ha deleitado a la humanidad desde sus comienzos. Es disfrutar de los agradables momentos que el suave café ha prodigado a los cafeteros de aquí y de allá. Es explamar: Gracias café, porque existes!

 

Fragmento del prólogo Por David Mejía Velilla

 

Los libros de Flor Romero - tan senciallos, tan cordiales, tan penetrantes- son pequeñas grandes joyas de la literatura colombiana, engendrada en la tierra de la provincia, con los jugos fecundantes de sus abuelos, aposentados en la Irlanda milenaria y católica, en la España también campesina y juntamente aristocrática, y en el más puro suelo del idolátrico Imperio Muisca.

Con barro, con arcilla provinciana, ha modelado ella sus criaturas, y les ha infundado un soplo de vida capaz de favorecer existencias milenarias en perennes viajes universales y universalistas: así como copias de su alma que son, porque ella misma -la Flor Romero, como me gusta distinguirla- es éso: criatura universal y universalista, aromada por los cafetales de calamoima, alumbrada por los resplandores de una gran pasión colombiana y americanista que, sin embargo -y tal vez por lo mismo-, le ha permitido siempre sentirse en todas partes como en tierra suya, así en París, donde representó a Colombia varios años como ministra consejera de nuestra embajada, y donde engendró otra criatura formidable, esta vez no sólo en las letras literarias, sino en vida Institucional; o en Maastrit, donde representó a su amado Pen en el Congreso de 1988; o en México, el La Habaqna o en Madrid, como en Guaduas, en Honda, en Medellín o en Calamoima del alma.