aventuras de aitanaAventuras de Aitana en el Amazonas cuenta las peripecias de una niña que ha sido raptada mientras juega en el parque. En un descuido Aitana salta por la ventana y corre hasta caer desmayada a orillas de un lago. Un cóndor la atrapa por la nuca y la eleva sobre las montañas hasta descargarla a orillas del Amazonas. Los animales de la selva y las plantas son sus cómplices. Aves, peces, jaguares, osos de anteojos, micos libélulas, guacamayas, hormigas, anacondas y pirañas la miman y le cuentan historias míticas. Asiste al festival de las plantas brujas. Entabla amistad con el hijo de un cacique vecino. Cuando sus padres después de largo peregrinaje la encuentran, ella decide no regresar mas a la ciudad y se queda en la selva, en donde ha encontrado la felicidad, la paz y el amor.

 

(Fragmento)

 

Tendría cuatro años no cumplidos cuando su nana, Doris, siguiendo las órdenes de su madre Matilde, llevó a la pequeña Aitana al parque a jugar por última vez.

Sus ojos aterrorizados aun recuerdan al hombre moreno de bigotes desordenados, pequeño con cabellos negros lacios, que se reía tanto con Doris, mostrando los dientes blancos parejos, siguiéndole los pasos minuto a minuto. Le estrujaba la espalda, le esparcía la cabellera negra desordenada que anudaba con un lazo negro; le hacía cosquillas bajo los brazos.

Parecía alguien de su familia, aunque la verdad era que no lo había visto antes. La niña se quedó lela mirándole los dientes de granos de maíz, sombreados por los bigotes de esparto. Nos ofrecía a ella y a mí, helados de cono, que brindaba un vendedor con delantal blanco.

Alcancé a tenerle confianza y lo puse a que me recibiera el balón, que yo le tiraba. Me alzaba hasta el columpio; me subía a los deslizaderos. Creía que le ayudaba a la lenta Doris a cuidarme.

Hasta aquel fatídico viernes, cuando le insistió:

- Vaya, traiga el triciclo para darle una vuelta a la niña.

- Pero, es que la señora Matilde no me ordenó montarla en triciclo.

- Ay Tea, no sea necia. A los niños les encanta montar en triciclo. Y esta preciosa Aitana, va a sentirse recorriendo el mundo en las tres ruedas.

Doris salió corriendo para la casa, abrió el garaje, y agarró el triciclo.

Cuando regresó no había ni rastros del hombre que la había cortejado desde hacía seis días, y del cual solo sabía que se llamaba Evaristo. Decía que trabajaba en una obra, cargando ladrillos, pero que ahora estaba consiguiendo empleo, porque el edificio ya estaba terminado.

Doris no podía contener la angustia. Un viento impertinente le desflecó los cabellos que usaba sueltos, como una mata negra, escurriéndosele por la espalda, sostenidos en la coronilla por el moño.

Corrió de lado a lado del parque, revisó las calles aledañas, les preguntó a las mujeres que cuidaban otros niños si habían visto a la pequeña Aitana, la de los ojos verdes con pestañas negras, cabellos sedosos castaños y cejas bien delineadas.

La chiquilla vivaracha que encantaba a chicos y grandes con sus ocurrencias, la que gustaba hacer todo, amarrarse los zapatos, vestirse sin ayuda, saltar, mirar el sol, conversar con las flores y perseguir los cucarrones.

Nadie sabía para donde había partido, y tampoco dieron razón de Evaristo. Doris esperó aún algunos minutos, confiada en que quizá estarían comprando un helado de curuba, que tanto le gustaban a la niña. El corazón se le quería saltar del delantal.

Desesperada interrogó al vacío, al viento montañero que le abanicaba las mejillas: "No puede ser que se desaparezca como por encanto. Contéstame, viento indiscreto, ¿donde la has visto?. Por favorcito, tráemela arriada".

Pero el viento apenas susurraba un lenguaje secreto que ella no sabía descifrar.

Cuando el sol comenzó a ocultarse tras los cerros lejanos y no aparecía ni rastros de la pequeña, Doris fue a la casa, llamó por teléfono a la madre Matilde que estaba en un te-canasta, para avisarle que no encontraba la chiquilla.

- ¿Cómo Doris? No entiendo ¿qué quiere decir?

- Eso señora, que la niña Aitana no aparece. Se escapó quien sabe para donde.

- ¿Cómo así? ¿Luego usted no estaba con ella? ¿No la dejé cuidándola en el parque?

-Si pero en un momento que fui por el triciclo a la casa, desapareció como por encanto.

- No me hable más de esa estupidez. Salgo ya para allá.

Esa noche no hubo sosiego. Tanto la madre, Matilde, como el padre, Gregorio, no pegaron los ojos, esperando que el teléfono sonara, anunciando que la niña estaba por ahí perdida y que ya iba rumbo a casa.

Avisaron a la policía, al departamento de niños extraviados, pero nadie dio razón de la pequeña. Fueron al diario matutino para colocar un aviso, dando gratificación a quien tuviera noticias de la pequeña. No hubo respuesta.