mi capitan fabian siachaMediante un vigoroso dramatismo Flor Romero nos hace conocer la golpeada vida del Capitán Sicachá y el doloroso vivir de Cleo, la sencilla maestra que un día se enamora del guerrillero. La lucha de Fabián es dura, silenciosa y sórdida. Conoce el gusto de la traición. Vive en la cárcel el dolor irremediable de saber que sus hijos se están criando afuera en un mundo que el no pudo modificar. Intenta recuperarse, en diversos oficios, pero todo será un fracaso.

Desgarrante y poética por la modernidad de su técnica, y por ser un vivo reflejo de aspectos de la vida colombiana actual, "Mi capitán Fabián Sicachá " fue novela finalista en el concurso internacional Planeta 1.967. V.B. ( Edit. Planeta, Barcelona 1967)

(fragmento)

LOS TIEMPOS ERAN DIFÍCILES. No podía permanecer en el campo porque no encontraba paz en las noches. El día era incierto, papá ya no estaba. Fabián se había ido. <<Estés donde estés, te buscaré. NO te me pierdas>> Las noticias me llegaban a pedazos. Yo trataba de unirlas como leyendo una carta que ha sido destrozada.

-¿Podría decirme dónde queda el pueblo de Calamoima?

- Claro. Usted va por buen camino. ¿Ve aquella montaña llena de árboles? Desde allá lo puede apreciar... Son unas ochenta casitas blancas. En la mitad se ve un limpio. Un claro cuadrado: esa es la plaza, la única.

- ¿Usted es de allá?

- No pero lo conozco. Soy de por aquí cerca. ¿Y usted qué hace por acá, si ya no vienen ni los chulos..., antes todos se quieren ir?

- Ya ve usted, es una orden.

- Las mujeres así bonitas y jóvenes como usted no deben andar solas... Si quiere la acompaño.

- No hace falta.

El hombre siguió arriando la mula por un desecho pedregoso. Tenía buena figura. De los ojos le saltaban rayitos café, entre marrón y caoba, como esquirlas.

Las niñas me sacaban hoy de mis casillas ni una nota de Fabián. Agachadas unas, tratan de sacar bien una multiplicación. Julita pinta en el tablero un muñeco con piernas como agujas y estómago redondo. Las más pequeñas hacen palñitos tratando de iniciar la "i". En el rincón, las mayoristas ensayan una comedia. Y un sopor que me consume, que zumba, que no se dilata por el anjeo que forra las ventanas.

Aquel día el arriero me pareció simpático y la maqueta relievada por la ceiba añosa de Calamoima, se veía apacible. Pero el hombre había insistido: "Los tiempos son malos... Una mujer como usted no debe andar sola por aquí". Pero ya había espoleado el caballo con decisión.

Al rato:

- Niña... Camínele pronto, se le va a hacer noche. Hay que llegar temprano para que no la desconozcan.

- Y yo, con toda mi garganta:

- Gracias buen hombre, le estoy apurando.

- ¡Corra, el camino es feoooo!

- Adiooooos, tranquilo.

El hombre parecía preocupado. Yo, en cambio, permanecía a la expectativa, sin sobresaltos, con ansiedad, gestando la angustia, de las cosas que están por llegar, con la impaciencia de alcanzar algo largamente acariciado. Porque desde el mismo día en que ya no pude volver a la escuelita de " Raicuipí", lo había decidido: sería maestra de escuela; lo encontraba difícil, una campesina como yo. Pero ahí estaban Rubén y Saulo, que me podrían ayudar.

- "El pueblo es bonito. NO tiene servicios, ni agua, ni luz, ni alcantarillado, ni carretera; pero pronto los tendrá, es cuestión de tiempo. Estamos es eso, tratando de conseguir unas partidas para hacer vivible a Calamoima. Eso sí tendrá que armarse de valor. Los guerrilleros rondan por ahí."

El secretario de educación no dejaba de mirarme a los ojos y yo esquivaba una y otra vez su pupila inquisitiva. Las manos pegadas y sudorosas, las piernas juntas, la blusa se inflaba y se desinflaba visiblemente. En el estómago, pequeñas agujitas me herían. Es una sensación que siempre he tenido cuando estoy a la expectativa, o cuando experimento aprensión por algo bueno o por algo malo. Es como si la raíz de las sensaciones fueran esas agujitas que me penetran hasta la mitad de las vísceras.

Con el nombramiento escrito en un papel sin líneas, di media vuelta y tuve temor al estrecharle la mano con mis dedos sudorosos. Me parecía que le iba a transmitir la ansiedad que experimentaba... Y una maestra de escuela no podía, no debía ser cobarde.

- Oooooohhh...

Por el oriente, el eco me llegaba rebotando de la montañita cercana, copiando la voz del arriero que me alentaba desde el camino. Ahuequé la palma de la mano, redondeé los labios y con contactos intermitentes de mano y boca fui repitiendo "Ooooohhhh" como quien dice: sigo viva, aquí estoy, voy bien, no se preocupe, llegaré.

El sol comenzaba a declinar en un rojizo desesperante. El caballo estaba ya cansado, pero no dejaba de trotar. Se sabía bien el camino, resollaba con fuerza sacando vaho por los grandes huecos de la nariz. Ya no trataba de arrancar el pasto del camino. Las Chicharras instaladas en las horquetas de los arbustos vecinos comenzaban a revolotear listas a dar el chicharrazo de las seis, que las hacía reventar de música. Eso me lo tenía aprendido. Era igual que en "Raicupí" sólo que allá a las doce hacían chiflar la cabeza por el unísono del chillido, en coro desesperante.

Doña Fernanda, la mujer del alcalde, me notificó esta mañana: " Cuídese Señorita Cleotilde. Dicen que habrá asalto; a usted la podrían secuestrar por ser empleada del Gobierno".

- No se preocupe andaré alerta.

- Dicen que son los de la pandilla de un tal... Fabio...

- ¿Cómo dijo?

- Ahora no recuerdo; pero lo que importa es el hecho, no el nombre del que los capitanea.

- ¿Y como nos defenderemos...?

- Dicen que vienen refuerzos del pueblo vecino, de Peladeros, un tal teniente Saulo Porras.

- ¿será bueno?

- Como no va a ser...?

Entonces si volvía a sentir las agujitas en el estómago. Saulo y sus botones dorados. Saulo y su mechón castaño sobre a frente. Saulo y su voz cordial, con ligeros tartamudeos; a veces parecía que las palabras se le querían salir a torrentes, pero no eran las ideas las que se le desbordaban, eran las palabras simplemente. Fabián no supo nunca el temor que me acobardó aquella noche en "Raicuipí"; el temor y el respeto hacia los patrones. Creía que estaba cumpliendo con una norma establecida dentro del contrato de trabajo de mis padres. Todo pasó y nada pasó. Fue una mezcla de miedo, de curiosidad, de espíritu de aventura, de deber, todo menos amor; quizás algo de estupor, de ojos abiertos, perplejos, que asombraban ante el despertar de la vida, ante un nuevo camino que no había previsto, pero que comenzaba a abrirse.

A Fabián le sonaba el nombre de Saulo, igual que el de Rubén, como un zurriagazo, algo que lo fustigaba de un golpe seco.

- Por ahí comentan que te estas dejando deslumbrar por los botones dorados...

- ¿Y tu les crees?... Tonto.

- Cuando el río suena, piedras lleva, dice mi compadre Anselmo. Y hasta razón tendrá...

- Seguro que a él le consta.

- Estas como potranca arisca en estos días, y es por algo.

- Puras habladurías...

- Ya no hueles a pomarrosa.

- Algo habrá cambiado. Si ya no tengo doce años. Voy para los quince.

" cuando te enfrentes con la vida –había dicho papá-, tendrás que soportar todo sola. No te fíes de nadie." Pero yo tenía que confiar en alguien. ¿Cómo iba a desconfiar hasta de mi propia sombra? Ahora confiaba en Fabián, desconfiaba de Saulo. No habría más remedio que buscar un escondrijo seguro.

- Señorita, ya me aprendí la "i" y también la "e"...

- Bien niñas, sigan practicando...

- La comedia va a salir bien, Ya nos sabemos los papeles...

- Un último ensayo.

- Señorita, hay rumores...

- ¿De qué, niña?

- De que anda cerquita el Capitán araña... Ese tal Fabián Sicachá.

- ¿Lo conoce?

- Dicen que es muy valiente, eso sí. Y muy malo también...

- Eso dicen...

- ¿Usted no cree, señorita?

- Clara que creo.

La voz se me fue yendo en picado y la "o" me salió sólo como un susurro. Ese remoquete de Capitán Araña no me sonaba bien. Claro que ya sabía por qué lo apellidaban así, por su facilidad para hacer movimientos envolventes. Era como una red invisible la que le tendía al enemigo para prisionarlo al final y asfixiarlo. Era el juego de la araña con la mosca. Y además, que bien identificado estaca con sus brazos y su pecho, sembrado de vellos negros, gruesos, brillantes. Sin embargo era más dulce decir Fabián, con el aire pasando por en medio de los dos dientes centrales, con fuerza, como queriendo estallar.

- Donde los vea, los toteo.

- Ni que viviera con ellos.

- Me caen mal los tales militarcitos esos Porras Sastoque.

- Antes no hablabas así.

- Ahora tengo en candela el alma. ¿Cómo no habría de detestarlos si me sacaron de allá de Raicuipí? Por ellos todo se acabó. Estoy en mi derecho.

- Te comprendo –le había dicho yo tratando de calmarlo.

- No, tú no me comprendes; son pocos los que entienden. Pero algo me dice que debo seguir, hasta acabar con todos.

- No es humano.

- Hablas como civilizada.

- Todos debemos tratar de civilizarnos. Más ahora que voy a ser maestra de escuela.

- Yo sigo siendo primitivo. No me dejaron progresar.

- Estás ciego de rencor.

- Lo que se verá.

- Será mejor que me vaya, hasta susto me está dando.

- Seguí caminando distraída. De pronto, con sol radiante, se desgajo el aguacero. Por las calles comenzó a correr agua con tierra. El arco iris se encaramó en la montaña, y sobre las tejas de cinc de la escuela el agua hacía un arrullo. Del patio salía vapor. Pronto escamparía porque en Calamoima llovía con fuerza, pero corto.

- Una pequeñita de piernas delgadas, se levantó de su asiento y en carrera corta llegó levantando la mano.

- Señorita Cleo, ¿puedo salir?

- ¿No ve que está lloviendo? ¿Puedo esperar?

- No, estoy de afán. A mí me gusta que me caiga el agua en la cara.

- A mí también.

Le repiqué distraída. La niña se quedó mirándome por un momento. Sonrió, mostrando los dos colmillos montados, y salió de puntillas.