triquitraques del tropicoEn el corazón de Colombia a pocos kilométros del Río Magdalena, un pueblo, Calamoima, vive en la soledad y el olvido administrativos. Una agricultura y una artesanía primitivas permiten a sus habitantes sobrevivir, mezclando al catolicismo español las creencias y los ritos heredados de sus ancestros indígenas.

La brujería con sus bolsitas de polvos de amor, de perfumes del olvido, de granos de fecundidad, de cortezas anticonceptivas alterna con las plegarias para recuperar los maridos o los amantes infieles. La justicia legal no llega a Calamoima, se resuelven las querellas a revólver en las cantinas a bordo de los caminos o aun en las modestas alcaldías de los pueblos vecinos.

Las calamidades naturales golpean a Calamoima (....) Con humor, ternura y poesía, Flor Romero recrea sin protagonistas, pero a partir de múltiples y pintorescos personajes de la vida cotidiana de un pueblo, la imagen de su país (...) es la historia de medio siglo de la vida colombiana. Claude Couffon ("Le Monde")

Novela finalista Premio Planeta Barcelona l.972. Edit. Planeta. Publicada en francés por la Editorial Albin Michel, Paris l.9978 coleccción Oeuvres representatives Unesco, con el título de "Crepitant Tropique.

 

(Fragmento)

 

Los animales desaparecieron como por encanto una tarde, como a las dos, con pleno sol radiante, cuando comenzaron a caer unas piedritas blancas, que sonaban en las tejas de zinc, y saltaban en el suelo como cristales. Era la primera vez que granizaba en Calamoima, y los niños salieron a las calles para recoger las peitas y comérselas o tratar de guardarlas en un frasco, pero a los cinco minutos ya estaban derretidas, convertidas en pura agua. Algunos decidieron construir casitas, puentes y arcos con los montoncitos de granizo. Luego empezaron a caer unos goterones grandes, que abrían huequitos en el polvo, y salpicaban en flor las calles. Y al cuarto de hora se desgajó un aguacero tremendo, que hizo al principio cascaditas en lasa calles y terminó convirtiendo los callejones en verdaderos ríos que arrastraban con piedras, palos y animales. Las gallinas que no alcanzaron a subirse a los árboles, que les servían de gallineros, especialmente palos de totumo, fueron arrastradas, y las gentes, al ver esa corriente inesperada, comenzaron a salirse de los ranchos, hacia la parte alta del pueblo, en donde el agua tenía un nivel menor y por donde corría todo el caudal que iba escurriendo del cerro de La Trinidad. Esa tarde no escampo, y aunque alcanzaron a ver el arco iris por los lados del Chorrillo, fue apenas un espejismo, porque a los cinco minutos ya no había colores, sino un cielo gris, nuevamente cerrado, plomizo y convertido en una regadera eterna.

Las gentes que habían estado en la rogativa, no pronunciaban palabra, y, ya al anochecer, los rostros comenzaron a hacer gestos de preocupación. Llovió toda la noche y amaneció lloviendo, los cimientos de las casas empezaban a ser carcomidos por los torrentes de agua, que hacían espuma, se encrespaban en las esquinas, hacían remolinos en las hondonadas y golpeaban con fuerza contra las paredes. El Río Seco volvió a recoger el agua de todas las quebradas vecinas y comenzó a subir el nivel. Se volvió un río grande, revoltoso, encabritado, echando espumarajo y dando tumbos de lado a lado, derribando los árboles y desbordándose con fuerza para inundar el valle. Diva espejo desde lo alto de su parcela, observaba la inundación: No tiene buena cara esta lluvia, se van a joder todos. Una lora emplumada de verde, azul y rojo que Diva Espejo había enseñado a hablar dándole aguardiente, y bizcochuelo todas las mañanas, coreaba: se jodieron Diva, se jodieron. Y daba muestras de enorme alegría porque la lluvia no cesaba; sacudía el plumaje, lo paraba a ratos, dejando entrever los plumones grises y agarrándose el pico corvo, recorría las ramas del mango cercano gritando: Que llueva, que llueva, que Diva está en la cueva. Diva quiso espantarla con la escoba, porque ya estaba asustada de ver la inundación, pero la lora seguía gritando alborozada: Se jodieron...

Esa noche Valsemina no pudo dormir, se acostó como porque tenía que acostarse, pero a las diez se levantó de un salto. Un extraño escalofrío la recorrió de pies a cabeza y a la luz de la luna vio la hamaca moviéndose: Está temblado, gritó con fuerza y salió a la calle en medio del aguacero torrencial. Un ruido sordo llegó de la montaña como si los árbol es y la tierra se descuajaran en un fenomenal derrumbe. No supo para dónde corrió, pero cuando pasó por la plaza vio que del cerro de La Trinidad bajaban chorros de agua y lodo. Un extraño olor de azufre invadía el camino, y no era solo impresión suya, sino también de Calixta, y de Agripina y de todos los que a esa hora huían por el camino del Chorrillo llevando, una olla, una lámpara de petróleo, una múcura, un asiento. Octaviano que había regresado el día anterior de Puerto Alzado, vaticinó con seguridad: Es el volcán que se está abriendo. Y el agua que escurría con barro, llevaba una capa aceitosa, que los obligó a aceptar las advertencias del herrero. Los truenos retumbaban con eco sonoro en la montaña, y los árboles desprendidos de raíz navegaban por el cerro, doblegados por el agua y las piedras.

Cuando el olor a azufre se hizo más intenso, Sandalio pensó en el peligro que estaría corriendo Juanani y no quiso pensar más ahora en medio de la desolación, cuando había perdido todos los utensilios que había conseguido, para su casa y su mujer, hasta la máquina de coser de mano que le había traído el mes anterior de Puerto Alzado, y que Lastenia tenía envuelta en un trapo blanco, detrás de la puerta como una reliquia. Los únicos que no quisieron salir del pueblo fueron Águeda y sus dos hijos Ladino y Consuelo Capador: Para morir lo mismo da aquí que allá –dijo el hijo y se sentó en un piedrón a esperar que pasara la tormenta y que aclarara. Calixta era la más averiada del grupo; se le había partido una pierna al derrumbarse las paredes de la casa, y a rastras la llevaban el boticario Honorio Mosuca y el padre Agapito; como medida de emergencia, Honorio le puso un palo recto, amarrado con una faja de trapo muy fuerte, y le sobó el músculo para que el hueso volviera a su sitio. A Puerto Alzado alcanzó a transmitir la noticia la telegrafista y de allí comunicaron a Bogotá todo lo de la inundación y el derrumbe. Dijeron además que se había abierto una grieta inmensa en el sitio que las gentes llamaban El Volcán. El titular del diario matinal, cinco días después decía: La población de Calamoima fue borrada del mapa.

Amparo Pantano quería irse de la región porque pensaba que la tierra de Calamoima estaba maldita y viajó a Puerto Alzado. No vivo un día más en este pueblo, les dijo a Sandalio y a Lastenia y sin escuchar consejos de los amigos, se fue sola para Puerto Alzado a buscar mejor vida. Ella no sabía en qué podría trabajar y si conseguiría siguiera una casita en arriendo para dar alimentaciones y poner una pensión. Apilonó la ropa en una sábana que amarró con dos nudos por ls cuatro puntas y se fue chapoteando entre el barro mientras la montaña retumbaba como si fuera el fin del mundo. No quiso volver a mirar siquiera para no llorar más de tristeza. Un sabor salado le recorría los labios, y una nostalgia, como hacía mucho tiempo no sentía, la invadió por todo el camino, hasta ocho días después. Si no es por el peluquero Simón Piña que la animó, y la invitó a tomarse un fresco de tamarindo, se vota del puente al río, porque quería acabar con la vida. Ya había escrito una carta diciendo que no culparan a nadie de su muerte, que se mataba de pura tristeza y que esta vida no vale la pena.