La segunda edición de la obra (2006), aparece con el título LA PRESIDENTA

 

los suenos del poderAccésit Premio Ateneo Sevilla 1.978

Una mujer sueña o llega al poder. Durante 9 meses, hace campaña, en un país que se supone demócrata, en donde las mujeres tienen aún muchos inconvenientes para acceder a la presidencia. Lupe, la protagonista está casada y tiene dos hijos. Su contendor político es Napoleón Guerra, quien organiza toda clase de tretas para atravesarse en su camino político. En medio de música, bandas, festones de colores dentro del carnaval de la política, finalmente está instalada en el solio de los presidentes. Pero su programa de gobierno y su pensamiento femenino, difieren de las concepciones que de la sociedad tienen los hombres.

Crea el Ministerio del Interior (El Ministerio del Alma) para resolver los problemas anímicos de su pueblo. Le da importancia a la economía familiar. No está de acuerdo en que los muchachos vayan a la guerra. Es una concepción diferente de la sociedad.

Flor Romero escribe "Los sueños del poder" en l.977, y obtiene el accesit al Premio Ateneo de Sevilla en l.978. Su temática es de gran actualidad y el tratamiento del tema se desarrolla con gran soltura, matizado con cierta ironía.

 

(Fragmento)

 

"LA MULTITUD REVERBERABA, crepitaba, crujía, como un mar de medusas, levantando los tentáculos, volviéndolos a desgonzar; cerrando los ojos, envolviéndose en una especie de arrobamiento, que los hacía sentir en otra dimensión, altos del suelo, sin el contacto de las suelas de los zapatos con el ladrillo cocido y con uno deseos incontenibles de permanecer ahí, siguiendo todo lo que ella decía desde el púlpito, escuchando su palabra de esperanza, que les hacía olvidar el hambre de las seis de la mañana, con mordiscos en la boca del estómago, y espantar los erizamiento s de frío y el tiritar de las madrugadas neblinosas. Las necesidades se les habían vuelto trizas ante la voz aflautada que encantaba la muchedumbre, cada vez más ansiosa de llegar hasta ella, de tocarla, de verle bien de cerca el color de las pupilas, de no perderse ni las pausas de las oraciones tranquilizadoras, cargadas de conformismo para mejores días. Las lámparas votivas, que se esparcían la luz en la esquina derecha de la nave central, bujaron también antes de ser entregadas contra la pared y los pabilos quedaron sus prendidos del muro emergiendo de la muleta de un convaleciente y el sombrero de paja del anciano cegatón. La invasión había llegado hasta el bautisterio y en el altar se acababan de trepar los más pequeños, que no alcanzaron a verla desde las gradas del comulgatorio. Padre, déjeme que yo los despacho. Ya mismo se van, ahora va a verlo no es sino que yo los siga dirigiendo, usted quédese ahí quietico como para una foto, que estas gentes me hacen caso a mí; ¿no ve que llevo manejándolos ya varias edades? Ellos son fieles. Pero las cabezas negras se rebullían en el hormiguero, sin dar señales de despejar la basílica. Las golondrinas asustadas revoloteaban de viga en viga, parlanchinas, y no acababan de abrir los ojos redondos para averiguar por qué los de abajo estaban ahí extasiados, sin querer irse, sin la menor intención de moverse, impávidos, estáticos, con la mirada fija en ella, pero como si no la escucharan. Es mejor que despejen la catedral a las buenas; mañana seguiremos la campaña; por hoy es suficiente la acción de gracias al de arriba, que es el que decide al fin de cuentas todo lo que se hace aquí abajo. Les suplico que se vayan ya, porque entre otras cosas va a llover y afuera está esperando un entierro que ha sido retrasado por la terquedad de ustedes de permanecer ahi, como si tal, como si esto fuera de nosotros y acuérdense que los predios son prestados. Un grupo de cinco muchachos que estaba apostado a la subida del púlpito se precipitó a la escalerilla cuando ella hizo ademán de bajar, y le tendió las riuanas para el descenso. Ella se devolvió firme. Padre, voy a ensayar unas órdenes de relajamiento para que se distensionen, como último recurso. A ver; su brazo derecho, el izquierdo, las piernas son como de trapo, respiren profundo, hagan de cuenta que vuelan y a casita. Pero las miradas seguían haciéndose astillas en el púlpito y nadie se movía parecían estatuas. Padrecito, no hay más remedio que llamar a la fuerza pública. Estas gentes ya se pasaron de tránsito y están inconscientes. Como englobadas; viajan al más allá y en este momento no hay manera de que comprendan. Le suplico que llame por teléfono para que los saquen y el templo no se derrumbe. No quiero que de pronto salgamos aplastados como cucarachas. El cura miró aterrado a los que estaban encaramados en las columnas y corrió a la sacristía, en donde todos los días se preparaba para salir a decir la misa, los roquetes colgados de las perchas, los vasos sagrados ordenados sobre la mesa y un cristo con una pierna rota sangrante en una esquina. Es de urgencia, o vienen por ella o no sé qué va a pasar. Ya no puede echar más discursos porque ya los pronunció todos. Ya dijo todo lo que tenía que decir, ya los tranquilizó, ya les hizo promesas, ya los despidió, ya los citó para mañana y nada. Así que no les queda más camino que venir y sacarlos como sea. Pero primero que todo hay que rescatarla a ella para que vuelvan en sí. Donde estalle un triquitraque se va todo al diablo.

La pasaron en vilo del púlpito al refectorio. Parecía como si las piernas envueltas en los pantalones bombachos hasta el tobillo fueran zancas de colombina que blanqueaban sobre las cachuchas de los uniformados. El manto blanco que le cubría la cabeza se desgonzó y flotó; por eso todos la vieron navegar en los aires del templo y comenzaron a dar alaridos, a chillar con un histerismo mezcla de admiración y de dolor. Los mismos hombres fornidos que la llevaban en las palmas estriadas de las manos rudas, creyeron verla volverse de gasa, de plumas y la soltaron para que siguiera flotando sola, hasta quedar estirada en la banqueta de reposo del sacerdote. Sin pronunciar una sola sílaba se incorporó sacudiéndose las rodillas, volvió a encajarse el velo blanco sobre la cabellera oscura y se apretó el cinturón. El sacristán musitó al oído: No se afane padre; apenas se vaya Lupita, el pueblo se desencanta, por ahora está arrobado, pero ya verá como se despabila en un instante.

El padrecito hacía entradas furtivas y fue viendo cómo poco a poco los que estaban instalados en los brazos de san Antonio descendían con calma, los que habían acomodado los pies encima del perro de San Roque bajaban tranquilamente; los que se habían acaballado en la bola del mundo del Niño Jesús, dejaban brillante el Océano Atlántico y saltaban a tierra; los que se habían apoderado del paño de la Verónica, para secarse las lágrimas, lo tiraron a un lado y siguieron desenmarañando la multitud. Los de las columnas descendían deslizándose. Por los portalones un borbotón de gentes caía al atrio restregándose los ojos como saliendo de una función de cine, y levantaban las pestañas hacia el cielo como ambientándose a la luz rosada de la plaza.