la calle ajena

Sobre un fondo oscuro se teje una historia alerta, casi alegre donde sobre todo la miseria de la tela de fondo evolucionan los jóvenes crápulas simpáticos - y los adultos que lo son menos. Estos muchachos allí muestran lo que son en realidad: las víctimas de una sociedad que rechaza a sus hijos ante la incapacidad de asumirlos. Flor Romero, de quien hemos leido en Albin Michel, Triquitraques del Trópico cuenta con ternura la historia paralela y algunas veces conjunta de Masdevalia, generosa flor del pavimento y de Lirio, pícaro de siempre...

Jean Louis Hue (Magazine Literaire)

 

La Calle Ajena de Flor Romero es un libro muy bien logrado. Constituye la primera gran novela sobre los gamines de Bogotá

Claude Couffo)

 

Publicada inicialmente en francés con el título de "La Rue des Autres" Edit. Ramsay. Paris 1.979, en español aparece en 1992, Editorial Planeta, Bogotá-Colombia.

 

(Fragmento)

 

Abutilón maldecía su suerte. Sentado en el taburete de cuero en la penumbra, mientras se golpeaba la frente con los puños: Eso no puede ser, Crisanta. Con ls principios que la criamos. Con todo lo que la cuidamos. Nos escapamos de las manos de la chusma y ahora, ya ve. Cae en otras manos sucias. ¡Ni el mismo Lirio con lo gamín que es, no sea ha atrevido a tocarla, y que ahora se la encuentre mi nismo hermano campada en una casa de putas, como cualquier mujer de la calle, sin hogar, sin temor de Dios! No me arrepiento de haberla denunciado a las autoridades para que la castiguen, ya que no le valieron las jueteras que le he dado. Será que habrá que encerrarla para toda la vida, en alguna casa para que no vuelva a pecar. Y hasta usted tendrá la culpa por haberla infundido a esa culicagada una moral...¡Ensuciar así no mas el honor de la familia, que era lo único que nos quedaba!

Hablaba como poseído por un espíritu vengador. Se extendía en los monólogos que Crisantema no era capaz de interrumpir porque el riesgo era enervarlo aún más. De una vez por todas -continuó el hombre- sépalo que no quiero saber más de ella. Hagan de cuenta que para mi se murió Masdevalia. Y si el juzgado de menores viene a pedir declaraciones, digan que estoy a la orden para que la corrijan lo más fuerte que se pueda...Quién creía, la mocosa esa muerta capaz de irse con todos los hombres de las tales residencias Magola, el putiadero más famoso. Si dicen que hasta reciben niñas de siete años para los que les gustan los juegos infantiles....Dijo el médico que le prendieron no se cuántas enfermedades, que había que empezar por desinfectarla y después la curarían de la rancha que tiene. Ya no se le ven los ojitos almendrados de la Masdevalia de antes. ¡Ahora lo mira a uno fijo, como queriéndole meter sus inmundos pensamientos!

-Ay mijo –se atrevió a decirle. No se amargue más la vida por eso. Ella saldrá de ese asunto algún día.

-Ya no le quedan uñas de tanto mordérselas y hasta canales se le veían en el borde de los párpados.

-De tanto llorar, Abutilón. Si no hace más.

-Esas son lágrimas de cocodrilo. La chivata no se conmueve.¡ Resultó más avispada que todos!

Calló por unos momentos y luego, cortando brutalmente la reflexión, le ordenó a la mujer: Crisantema, repítame el café, pero bien caliente.

La madre sin chistar palabra se desplazó hacia la esquina de la pieza. Se sentía sonámbula. Puso el agua en una olleta sobre el reverbero de gasolina azul, se secó las manos en el delantal de cuadritos, se echó las trenzas hacia atrás y se quedó mirando la llama, esperando que el agua hirviera para ponerle la cucharada de café, colarlo y llevárselo así humeante, al hombre que parecía un león enjaulado, como si el embarazo de Valia fuera la última desgracia del mundo. Una mancha que ningún detergente podría borrar.